«¡Me quiero ir!»

Por María de los Ángeles Martínez

Era un lunes del mes de agosto y la sala de atención al público del Consulado de España -ubicado en La Castellana, al este de la capital venezolana- estaba abarrotada. Estar allí era casi similar a esperar en Maiquetía para abordar un vuelo Caracas-Madrid. Los dos acentos, venezolano y español, se turnaban en el sonido ambiente del lugar, así como los caracteres físicos en la escena. Unos eran obvios descendientes ibéricos y otros tan venezolanos como el pabellón criollo.

Los primeros sólo estaban renovando su pasaporte europeo y averiguando cómo hacer para retornar -permanentemente- a la tierra que vio nacer a sus padres o abuelos. Los otros, con una única nacionalidad en su haber (la venezolana) metían los papeles para solicitar la visa de estudiante. Y aunque los trámites fueran distintos, la mayoría tenía la misma meta: dejar Venezuela y buscar mejores oportunidades en un país desarrollado.

Este panorama no es exclusivo de la oficina diplomática española, en las de otros países ocurre algo similar. ¿La razón?, el venezolano está cansado de buscar oportunidades infructuosamente, de vivir asediado por la inseguridad donde quiera que vaya y de estar en un lugar donde -por más que lo intente- es poco probable que consiga un salario que cumpla con sus expectativas.

Es por todo esto que desde finales de los noventa, el país dio un vuelco de 180 grados. Atrás quedó el esplendor que la nación vivió por 30 años y pasó de ser receptora de extranjeros, a tener al talento humano como el mayor producto de exportación, tal y como lo reseñó en una oportunidad la revista norteamericana Newsweek. Y es que el petróleo, el gas y el cacao parecen que están pasando -metafóricamente- a un segundo plano, ahora son los venezolanos los que a diario cruzan las fronteras para ser útiles en otras latitudes.

«¡Me quiero ir!»

Sesenta y ocho por ciento de los estudiantes del último año de Medicina de la Universidad Central de Venezuela (UCV) quieren irse del país, según cifras obtenidas por el sociólogo Iván de la Vega. El porcentaje debe ser similar en el resto de las carreras, pero en ésta se hace más evidente cuando los posgrados en los hospitales deben ser cerrados porque nadie acudió a la convocatoria. En años anteriores cientos de personas se postulaban para las especialidades de Medicina Crítica e Intensiva. Sólo entre seis y dos eran aceptados, ahora no se presenta ni uno.

Pero esto no es todo. Lo peor es que 79% de quienes deciden mudarse a otro país afirma que no regresarán ni siquiera en los próximos 10 años. Incluso el auge de gente que dice «¡Me quiero ir!» ha sido tal, que hasta una página web se creó para asesorarlos. Y paradójicamente su dirección electrónica es www.mequieroir.com. Allí explican desde cómo hacer para vivir legalmente en el sitio de destino, hasta las costumbres de sus habitantes.

«El deseo de irse es provocado por la condición país, que involucra la violencia, los bajos salarios y los problemas legales como las expropiaciones. Todo esto hacen poca atractiva la posibilidad de hacer vida profesional en Venezuela», explica De la Vega. Hace especial énfasis en la inseguridad, el motivo principal de la mayoría. Hoy es poco probable que exista un venezolano capaz de decir que no ha sido víctima del hampa o, que al menos, un familiar o amigo no lo haya sido.

Tendencia en auge

Todo se ha revertido y una nueva tendencia se ha apoderado de la mente de muchos. Esta tierra enclavada en el mar Caribe ya no es aquel destino prometido y próspero al que arribaban inmigrantes del viejo mundo y de naciones vecinas. Ahora la mayoría de los estudiantes universitarios se irían si tuvieran la oportunidad. No ven a Venezuela como un lugar en el que puedan tener un futuro exitoso. Lo mismo pasa con los profesionales experimentados. Cada vez más médicos, ingenieros, abogados y artistas eligen otras naciones para hacer sus vidas. Las estadísticas lo demuestran.

Según el Departamento de Estado de EEUU, éste fue el país latinoamericano que más visas estadounidenses recibió en 2010. Y en España el número de venezolanos superó al de españoles en Venezuela. Allá hay 153.851 criollos y aquí 139.830 ibéricos, a pesar de que la patria de Bolívar es la tercera nación con más españoles en el mundo, después de Argentina y Francia.

Colombia, Canadá, Australia, Alemania y el Reino Unido son otros grandes receptores. Los dos primeros generalmente buscan personal capacitado en áreas petroleras y tecnológicas para puestos importantes, apunta Jesús Castillo, miembro de una firma consultora especializada en la búsqueda y selección de talento ejecutivo para empresas nacionales e internacionales. Estas opciones fueron aprovechadas por muchos de los ingenieros y especialistas que el Gobierno del presidente Hugo Chávez despidió de Pdvsa luego del paro de 2002.

Una experiencia palpable

Angelo Goncalves es un licenciado en Computación valenciano de 29 años de edad, egresado de la Universidad de Carabobo. Al poco tiempo de graduado y recibiendo un sueldo mensual de 2.800 bolívares, decide probar suerte en otro lugar. Motivado por un mejor estilo de vida y animado por varios ex compañeros de clases que lo alentaban a que como ellos «cruzara el charco», el 20 de marzo de 2010 pisó Madrid.

Tras un corto proceso de reconocimiento del lugar, papeleo y adaptación consiguió un trabajo estable en el que gana 1.580 euros netos al mes, con eso le alcanza para pagar los servicios y el alquiler de un «piso», hacer un buen mercado, de vez en cuando dar un paseo por otras ciudades españolas o países cercanos y mantener a su esposa quien está a la espera de los documentos que la declaren residente legal.

«Lo que me gusta de aquí es que hay poder adquisitivo. A pesar de que mis compañeros españoles dicen que ha bajado la calidad de vida a causa de la crisis, a mí me parece maravilloso porque la situación sigue estando mucho mejor que en Venezuela. Sin embargo, para mí lo más reconfortante de todo sigue siendo la seguridad», comenta.

Las consecuencias

No hay estadísticas oficiales ni exactas porque la diáspora es frecuente. Pero, según De la Vega, lo que sí se sabe que en 20 años al menos un millón 200 mil venezolanos se fueron a vivir a otros países, de los cuales 800 mil partieron en la última década. Esto, como es de esperarse, no viene de gratis para Venezuela, pero sí ha sido muy beneficioso para quienes reciben esta ola emigratoria.

A Panamá se han ido miles inversores venezolanos y hasta tienen un suburbio denominado Weston, al que llaman «Westonzuela. Miami tampoco se queda atrás con su «Doralzuela». Canadá y Colombia se han beneficiado de los expertos petroleros. La industria del crudo en el país vecino ha tenido un repunte gracias a gente venezolana. Es mucho más fácil y económico que llegue alguien ya preparado a tener que formarlo desde cero. En este caso ya Venezuela hizo el trabajo.

Pero mientras todas esas naciones prosperan con el talento que emigra, las empresas de aquí se van quedando vacías, quizás no en mano de obra, pero sí en cargos de alta responsabilidad y gerencia, pues muchos de los profesionales altamente calificados son quienes finalmente terminan yéndose a otro lado.

Castillo explica que si este éxodo se mantiene constante y las condiciones socioeconómicas mejoran, en unos años Venezuela dejará de exportar talento y comenzará a importarlo, tal y como lo hacen ahora Canadá, Alemania y el gigante de Oceanía. Pero también está la contraparte, si las multinacionales que un futuro deseen establecerse aquí no ven que exista el personal necesario para el trabajo que ofrecen, decidirán sentar raíces en otro lugar.

El Carabobeño, 11 de septiembre de 2011

Añadir un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.