Crónicas de Libertad. ¿Cuánto le cuesta a las revoluciones el peso de la reconciliación?

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Por Sthefanie Balcázar *

No es casualidad que en los días de la Semana Santa, el pueblo cubano tenga la suerte de que alguna de sus generaciones haya logrado vivir la llegada del presidente Barack Obama. Tras años de embargo económico y una revolución de ideas ortodoxas que reprimen a un pueblo, la foto más comentada fue aquella donde se vio el avión presidencial de Estados Unidos sobrevolando la isla. ¿Qué habrá pensado el cubano de 80 años o el de 30 al ver la llegada del presidente más poderoso del mundo? Dos generaciones que pueden tener perspectivas distintas, el que vivió el antes y después de la instauración de la dictadura y el que creció padeciendo las consecuencias de la misma.

Habrá algunos que apoyen y otros que rechacen este acontecimiento, pero lo cierto es que representa un paso inteligente hacia el respeto de la humanidad, evidenciado en el poder de la reconciliación y el acuerdo. Dos grandes pilares que hacen innecesario el uso de las armas y la violencia.

Sin embargo, cuesta creer que detrás de la investidura, el Palacio y el estrechón de manos, se de realmente el cambio que necesitan los cubanos, cuando aún Raúl Castro insiste en que la revolución seguirá cultivándose. ¿No es una contradicción? Retraso económico, tecnológico, social, pobreza, presos políticos, ataques contra la disidencia, ausencia de libertad de expresión, persecución, es lo que caracteriza la realidad continuada de los cubanos. Hoy lo que necesitan importar es democracia concreta.

La llegada de Obama a Cuba llevó consigo oportunidades de inversión, banca, turismo, comunicaciones. Cosas que beneficiarán el progreso de los ciudadanos. Pero más allá de eso, llevó consigo el reconocimiento de una nación que necesita oxígeno no para sobrevivir, sino para renacer y la reconciliación de un pueblo, cuya gente ansía la libertad. No es vano recordar las veces que la cantante Celia Cruz pidió a Castro volver a su país para visitar a su familia, pero no se le permitió. Como ella, muchos casos de exiliados, inmigrantes que hoy hacen vida en Estados Unidos y que desean no ser castigados con la prohibición de volver a su país. Entonces, ¿por qué la revolución puede reconciliarse, luego de castigar a todo aquel que emigraba? ¿por qué celebra tan ansiosa visita si niega que existan presos políticos? ¿por qué insiste en los ideales cuando no son aceptados? Si la reconciliación es dar la mano a pesar de las diferencias, es respetar los pensamientos, ideologías, pero más importante aún, significa tener la capacidad de RECONOCER los errores cometidos que afectaron a cinco generaciones. Es lo que tenemos que aprender.

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¿Cuánto le cuesta a los Castro decirle al cubano que aguantó por años, que hoy está logrando el fin del embargo? ¿Cuánto le cuesta aceptar que la humanidad no necesita represión sino atención? Que sabe que no es mano dura contra un pueblo sino una mano que ayude a crecer, algo que no entiende el que gobierna la nación tricolor, quien visitó también la isla horas antes de la llegada de Obama y que, como señalaron los medios, «fue atendido apuradito».

Ese escenario de reconciliación lleva a pensar cómo se dará en Venezuela. Entre un gobierno represor y un pueblo que no consigue comida. Que también debe darse entre venezolanos, entre lo que piensan distinto, entre los que aportan conocimientos de distintas áreas y enfoques, entre los que han vivido la paz y los que viven en constante conflicto, entre los blancos y los azules, entre los mismos sectores de la oposición que parecen no estar de acuerdo, entre los que quieren un plato de comida y los que tienen sus necesidades cubiertas. Creo que la reconciliación no debe tener formas, ni pasos, ni debe venir de una ley, solo debe ser promovida por personas que respeten a otras personas, donde dar un paso adelante va más allá de los propios intereses y se convierta en un fin colectivo. ¿Los cubanos sabrán cómo pasar la página? ¿El venezolano encontrará la manera de trabajar en equipo?

Si a Cuba le costó años, no esperemos que el tiempo nos pese más. Asumamos los errores y comencemos a reconciliarnos con nosotros mismos, con nuestros hermanos, vecinos, compañeros de trabajo, con todo aquel que piense distinto a nosotros pero que desde su esquina, puede aportar para lograr el bien común. Volvamonos revolucionarios de la reconciliación, del progreso, no de la ambición de poder y control.


*Sthefanie Balcázar, periodista venezolana egresada de la Universidad Santa Rosa,  columnista de nuestra página web, síguela en el Twitter: @Sthefy2101. Crónicas de Libertad será publicada en nuestra página web todos los martes. Te invitamos a leer lo que traerá Sthefanie Balcázar en sus próximos artículos.

 

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